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Mente y Consciencia

¿Por qué tenemos que perdonar?

De víctimas y espejos

Muchas cosas han pasado en mi vida, y si me pongo a escribir a todas las personas que me han herido, y a las cuales tendría que perdonar, no me alcanzaría una resma de papel. Esto fue antes de comprender cuál es el trasfondo del resentimiento. Un día, entendí que sentir odio o rencor es una falta de aceptación de la vida misma, de sus imperfecciones y de sus caídas. También comprendí que el resentimiento es la falta de aceptación de, sencillamente, ser humano: imperfecto, emocional, sensible, crítico, duro y con sentimientos de culpabilidad. Allí está la raíz de todos nuestros problemas.

La situación es un poco complicada, porque cuando tenemos resentimientos, siempre estamos buscando afuera al causante de nuestro dolor. Asumir el papel de víctima es la primera reacción que emerge (es lo que se conoce como una actitud reactiva), lo que genera inmediatamente un victimario o verdugo. De esta forma, mientras estemos en el papel de la víctima, cada cosa o persona que esté frente a nosotros será el victimario. Raramente, entendemos que estamos inmersos en el sufrimiento porque no aceptamos la vida que tenemos, no nos aceptamos a nosotros mismos, ni a las personas que nos rodean. Principalmente, no entendemos que cada cosa difícil que vivimos es un desafió que sirve para revelar Luz, para “pulirnos”, para templarnos como el acero de una espada.

Todo es un espejo

Pretendemos que la gente sea perfecta, buena e impecable, pero no somos capaces de serlo nosotros mismos. Criticamos, juzgamos y condenamos a los otros y a la vida misma, sin darnos cuenta que, de una manera u otra, todo aquello que estamos criticando son los errores que nosotros mismos cometemos. Todo lo que está en frente de nosotros es nuestro espejo, y esta regla no tiene excepción, ni disfraces; simplemente, es una Ley del Universo.

Queremos una vida perfecta, pero ocasionamos dolor a los otros (y esto es inevitable sólo por el hecho de ser una raza de tanta diversidad de caracteres). No podemos hacer lo que es apropiado para todo el mundo, pero esto no lo vemos; queremos que el mundo haga lo apropiado para nosotros. Nuestro nivel de tolerancia es muy pequeño y por eso odiamos.

Tenemos que defendernos los unos de los otros, para hacernos un pequeño espacio en el mundo, que nos mantenga a salvo. Allí nos encerramos, nos “enconchamos” y, en ese microespacio, navegamos durante toda nuestra existencia, negándonos la posibilidad de conocer otros mares. Esto nos conduce a una visión minúscula, cerrada e insípida de la vida.

La culpa y la ayuda interior

Nuestro dolor no nos permite observarnos ni escucharnos para comprender que, dentro de nosotros mismos, tenemos un “Yo” que constantemente nos está guiando, que nos habla y al cual no podemos escuchar por el ruido que hace nuestra mente. Todo el mundo sabe que eso es así, porque todos, alguna vez en nuestras vidas, hemos sentido una “ayuda mágica”, a la cual le hemos puesto el nombre de Dios. No importa como lo quieras llamar, el hecho es que tú sabes que está allí, dentro de ti, y que, de vez en cuando, viene en tu ayuda para reivindicar tu dolor. Pero ese no es en realidad su papel.

La labor de esta “ayuda mágica” es conducirnos, darnos lecciones de madurez y de comprensión sobre lo que es la vida, para que la amemos con sus altos y sus bajos. Nuestra naturaleza interior es vivir en armonía con el mundo que nos rodea (para eso nacimos), y cuando actuamos, consciente o inconscientemente, en contra de nuestra naturaleza, nos sentimos culpables de hacernos daño a nosotros mismos. La culpa se genera por dos razones: porque estamos actuando en contra de lo socialmente establecido (así como de nuestros propios paradigmas de educación), o porque tenemos una consciencia que utiliza a este mecanismo para apretar el “botón de emergencia” cuando estamos atentando contra la armonía universal, en cuyo caso activa la Ley de causa y efecto. Lo cierto es que, en cuanto sentimos la culpa (aun cuando no esté a nivel consciente), automáticamente buscamos un castigo, porque ese es nuestro mecanismo de reactividad: nos sentimos malos y merecemos un castigo.

Perdonarte a ti mismo

En el fondo, comprendemos que no hay nada que nos pueda dañar que provenga del exterior. Por eso, puedo decir con propiedad que el perdonar a los otros es una ilusión. A la única persona que tenemos que perdonar es a nosotros mismos. Quizás, esto te parezca incongruente con tu vida, porque tuviste una infancia difícil, con unos padres que, de una manera u otra, te fallaron permanentemente. Sé que hay muchísima gente que vive cosas terribles. Pero a pesar de esto, a ciencia cierta, el perdón no se extiende a los otros; los otros son sólo el mecanismo que tiene la vida para mostrarte cómo estás por dentro. El perdón implica tu limpieza, la liberación de tus patrones de conducta, porque si fuiste violentado es porque la violencia es un paquete de energía que está dentro de ti y que genera una onda de frecuencia que lo atrae y, por lo tanto, mostrarás violencia a lo largo de tu vida. Sin embargo, la excusa que nos damos es: “como fui violentado en mi infancia, ahora tengo mucha rabia interna y la expreso a los otros en algún tipo de violencia; de cualquier modo, alguien tiene que pagar por lo que me hicieron“.

Hacernos sentir y experimentar lo que tenemos como programación, es la única forma que tiene la naturaleza de hacernos ver nuestros puntos de corrección. Es decir, tú eres violento no porque fuiste violentado de niño; tú fuiste violentado de niño porque tienes la violencia dentro de ti, dentro de tu memoria celular.

La única manera efectiva para cambiar tu vida es perdonarte a ti mismo(a), amarte a ti mismo(a), aceptarte a ti mismo(a). Arriésgate a sentir el dolor, porque, de todas maneras, lo sientes. Sólo debes aceptarlo para dejarlo salir. No lo escondas dentro de ti porque eso sólo te hace daño. Qué incongruencia interior tenemos cuando, por el dolor que los otros nos causan, nos herimos a nosotros mismos: ¿no te parece absurdo? Tu rabia no daña a tu papá, ni a tu mamá, o a ese tipo(a) que te dejó por otro(a), ni a la persona que te botó del trabajo, ni al que te abandonó, ni al que te maltrató, ni al que te falló, ni al que te violentó, etc. La rabia sólo te hiere a ti, y esa es la prueba más grande que tengo para asegurarte que, si te abres a limpiarte por dentro, vas a vivir mucho más ligero y mucho más feliz.

El poder de olvidar

Todo el dolor que has vivido sólo ha sido para que madures, para que te aceptes y para que no te resistas a la vida. ¿Mi consejo?: OLVIDA. Detrás de esta palabra hay un bello secreto. El Libro del Zohar explica que lo que marca tu vida son las cosas que olvidas; por ello, debemos olvidar lo bueno que hacemos, y recordar siempre lo malo para nunca más volver a equivocarnos. El famoso juicio final bíblico no se trata del fin de los tiempos, en donde todos seremos juzgados severamente por nuestros pecados. El juicio final es una revisión que hacemos de nuestra vida el día que nos toca partir de este mundo. Más aún: este juicio está ocurriendo permanentemente.

Lo que olvidas es Luz que se ha revelado, aprendizaje adquirido, mientras que lo que recuerdas es Luz oculta, es una lección que aún no ha sido aprendida, un cúmulo de emociones que te atormentan durante toda tu vida. El Zohar nos explica que cada día tiene su energía particular que nos da un desafío. A estos días se les llama Ángeles, y ellos son los testigos de nuestro paso por este mundo en ese famoso juicio final, además de guardar el record de nuestras acciones para activar la Ley de causa y efecto. El día que partimos es el día que determinamos nuestra siguiente encarnación, y las cosas o desafíos que no pudimos superar, se presentan para ser agregados al programa de nuestra siguiente encarnación. El perdón no es más que el olvido de lo que nos hemos hecho.

Sabiendo esto, lo más conveniente es olvidar todo lo altruista que hacemos, y mucho menos pasarle la “factura” a quien se beneficia de nuestros favores. Las cosas positivas almacenadas en la memoria de los Ángeles de los días de nuestra vida, brillan en humildad, y ese es el más preciado de los atributos que podemos adquirir. La propaganda y el estar recordando a cada rato lo bueno que somos, es alimento para el ego; por ello, esto se convierte en un nuevo desafío. Lo que recordamos constantemente, nos denuncia; esto es Luz que le damos al ego en forma de rabia, egoísmo, envidia o necesidad de reconocimiento, arrogancia, falsa modestia, etc. En fin, son todas estas actitudes las que, al presentarse cíclicamente en nosotros, se convierten en cosas que recordamos. El hecho de olvidar, nos garantiza una vida más fácil, con más recursos y con desafíos menos dolorosos. En conclusión: “olvidar es un acto inteligente”.

El dolor como maestro

Mira al dolor como un amigo, como un maestro. Agradécelo una y mil veces, porque te ha enseñado y moldeado como ser humano. El dolor y el sufrimiento no son la misma cosa (este último es auto-impuesto). El sufrimiento es la prolongación del dolor porque no aceptamos el aprendizaje que éste nos trae inmediatamente. Tal prolongación se convierte en sufrimiento.

Eres un ser emocional, por lo tanto, sientes lo bueno, pero también vas a sentir lo malo. ¡Eso es parte de la vida! Y, por último, el más importante de los consejos: deja que el río de la vida fluya, no te resistas, y cambia esa tontería de seguirte castigando por lo que los otros te hicieron. Tu vida es la oportunidad que tienes de experimentar la felicidad: búscala y, cuando la encuentres, abrázate a ella como el mejor de los regalos.

Agradezco a todo aquel que ha tenido la paciencia de leer estas líneas, y espero de todo corazón que sirvan de ayuda.